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¿El lugar de lo femenino?
Por María Acosta y Dahiana Belfiori
Las noches
del viernes 25 y del sábado 26, el Club de Automóviles Antiguos de Rafaela fue
habitado por las propuestas del grupo Danzarte
que convocó a más de 300 personas, quienes pudieron disfrutar de una hora y
media de danza contemporánea. “Second frame”, “Corazoncito” y “Señorita Mantis”
fueron las tres obras presentadas, con pequeños intervalos musicales a cargo de
Gabo Boccio y Lichi Ruiz Díaz. Dos noches con tres miradas que abordan el lugar
de lo femenino.
El aspecto
más relevante que valoramos es el compromiso en el trabajo colectivo, aún de
bailarinas no profesionales, que demuestran la posesión de una técnica
impecable. A la vez que destacamos el rol fundamental en la coordinación y dirección
de las tres propuestas, que vienen a renovar el lugar de la danza en nuestra
ciudad.
1.
“Second
frame”, una adaptación realizada por Gabriela Guibert y Andrea Gutiérrez, de la
obra de Henri Oguike, nos transporta al universo del pulso dionisíaco de la
vida. Acontece en la escena un ritmo permanente que nombran los cuerpos. Los
cuerpos son ritmo. Se nos propone la celebración de aquello que tenemos de
animal. Repeticiones, réplicas, ecos configuran los espacios de la creación
colectiva bajo el único impulso posible: la irregularidad del ritmo orgiástico.
No hay
grietas que posibiliten la ruptura de este cosmos. Orden que es, como el ser.
No cabe ninguna imposición externa ni interna, simplemente es. Una obra que nos invita a pensar el lugar de la
cultura en la construcción de subjetividades
2.
¿Cómo nos
miramos las mujeres? ¿Qué mirada construye una mujer sobre otra mujer? ¿Qué
mirada construye esa mujer sobre sí misma? Siempre, el espejo. “Corazoncito”
nos sitúa frente a la posibilidad de repensar el imaginario femenino. Algo que
Belén Calcabrini, coreógrafa y directora de esta obra, explora orientando e
impulsando un trabajo colectivo que se materializa en cinco cuerpos de mujeres.
Y sí. De eso estamos hablando, de mujeres. Mujeres que se debaten entre la
impostura, la postura y la pose.
Hay en esta
danza -que coquetea con lo teatral- el transcurrir de la tensión entre gestos
que enmascaran algo del orden de lo verdadero, y gestos buscadores de lo
verdadero. Entonces, ¿qué es lo verdadero? La respuesta a esta pregunta se
dirime en cuatro escenas marcadas por cuatro propuestas musicales diferentes. La
competencia, los celos, aparecen determinando el ritmo de relaciones forzadas a
sostener una imagen impuesta desde el deber ser femenino, cuestión que se
reitera a lo largo de toda la obra y que revela el tremendo peso de lo impuesto
(impuesto/impostura, interesante juego de palabras: aquello que se impone
configura lo fingido). Luego vendrán, la simulada alegría del baile compartido
-a modo de imitación de ritual masculino-; y la acertada conjunción del malambo
que se escucha, y el baile pseudoerotizante de una bailarina sola, que a la vez
que ridiculiza la virilidad del malambo, también lo hace con la pornográfica
puesta del “baile del caño”.
Si nos
hallamos ante la simulación del vínculo, cabe preguntarnos: dónde está ese
“corazoncito”. Eso que nos remite, si no a lo verdadero, al menos a su
búsqueda. Un hallazgo en la obra es asociar a la soledad de un instante de
encuentro consigo misma, el silencio. La intimidad que nos devuelve al
encuentro con lo real, al punto del que no es posible salir sin ser modificada,
es lo que queda flotando en la atmósfera y que nos invita (como espectadores y
espectadoras) a adentrarnos en eso no dicho: el lugar de la postura posible que
se aleja de la impostura y de la pose.
3.
Aunque no
exista una continuidad conceptual explícita en la presentación de las tres
creaciones propuestas por Danzarte, es innegable que aparece cuestionado el
lugar de lo femenino. En este sentido, “Señorita Mantis”, creación colectiva de
todas las integrantes del elenco y dirigida por Leticia Mazur y Margarita
Molfino, realiza un recorrido sobre la agresividad como modo de defensa. El
título de la obra utiliza un oxímoron al vincular la palabra “Señorita” a la
palabra “Mantis” (nombre que refiere al insecto comúnmente conocido como Señorita
o Mantis religiosa). Oxímoron que además se refleja en la obra y que alude a
cuerpos feminizados cuyos movimientos imitan el comportamiento –aparentemente
ambiguo- de este animal. Cuerpos que insistentemente se preparan para el ataque,
y que atacan.
La
majestuosidad del insecto (¿de lo femenino?) se actualiza en el momento en que
esos cuerpos constituyen una unidad atada por un mismo movimiento, lo que adquiere
una fuerza expresiva que un solo cuerpo no podría lograr. En palabras de Dalí
(“El mito trágico de ‘El Angelus’ de Millet”), la posición espectral de la
Mantis es la típica postura de espera, que preludia las violencias inminentes.
A nuestro entender, este es el clima de suspenso en el que nos sumerge toda la
obra. Incluso el momento del repliegue
sobre sí mismas –signo de aparente fragilidad y debilidad-. Acción que seduce, porque es otra forma de la
espera –por qué no, resistencia- para un nuevo ataque. Un hacer la intimidad
para salir al mundo.